Camino por la calle mientras
observo el mundo. Las pantallas señalan sucesos y la gente pasa de largo. Y oleadas
de emoción disfrazada de todas las caras ambientan mis ojos. La confusión
adorna mis pensamientos, y la sensación de inquietud culmina en un clímax de
reflexiones. El horizonte se viste de colores prodigiosos, pero nadie observa y
me declaro ganadora de un juego que acabo de conocer. Probablemente nadie sepa
que saber nunca está de más, y que aprendemos de los hechos, porque andar con
los ojos cerrados siempre acaba provocando caídas inesperadas.
No se trata de perseguir
sensaciones para alcanzar metas, ni de dibujar medias lunas en sonrisas escondidas
por el simple hecho de forzar su despliegue. Tampoco se trata de conseguir
logros que colgar en una pared que después quedará vacía de conocimientos, ni
de vencedores ni perdedores de los que sentirse orgulloso. Tan solo se trata de
alzar la mirada hacia ese horizonte por ti solo, pues el mejor mérito es el que
se consigue por uno mismo, y lo sabéis.
Son muchas las probabilidades de
que acabemos siendo presos de algo que no nos lleva a nada. De que dejemos de
ser conscientes de nuestros actos, y de que dejemos de aprender con los pasos.
Caminar a ciegas es lo que nos llevará a una completa ausencia de control. Nos
tiraremos por acantilados sin caída final, sin heridas ni daños, simplemente
algo continuo que no halle ni tan si quiera término medio. Un auténtico
descontrol de nosotros mismos.
Será difícil volver a la
normalidad. Volver a ser “antes” en esta historia que no hace más que avanzar a
contiendas contra nosotros mismos. Y es que no hay peor lucha que una interior.
Salvarnos ahora de lo que no pudimos evitar en un principio.
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